La tormenta

 

Es un día extraño. La electricidad eriza la piel. Después de tres horas y media de una noche en que el cielo se ha rasgado en relámpagos, vamos a enterrar a la esposa del diácono.

Inconsciencia

 

Me acuerdo de Tanya que tenía ojos achinados y le faltaban algunas chauchas para el peso. Sus dedos eran cortos, cilíndricos, gruesos. Con ella me lancé calle abajo atravesando la avenida Viña del Mar en el asiento trasero de su bicicleta sin saber qué tanto arriesgaba la vida.

Cariño

El balde huele mal, pero no puede hacerse de otro. Huele a rancio. Demasiado tiempo lavando en él las mantas de su creatura, herencia de su madre y de su abuela. Tenía 120 años y la inteligencia de un crío de 4. Decía palabras como “no”, “sí”, “mamá”, “te quiero”, “Poly quiere comer” y la miraba con aquellos ojos que esperaban todo de ella.

El reloj

Usaba un reloj a cuerda que pidió para su cumpleaños. A veces olvidaba darle vueltas a la manillita y debía ponerlo a la hora según la posición del sol y luego esperar el paso de algún peregrino para comprobar que estaba en lo correcto.

Precaución

Doquiera se moviera en la ciudad su cabeza planeaba la fuga a las alturas; prestaba atención a la estructura del edificio de turno y a las puertas de salida con que contaba; sacaba la cuenta de los minutos que demoraría en alcanzar la cumbre del cerro más cercano. No admitirá que siente pánico de bajar al plan, al lado de la bahía, porque puede ocurrir un maremoto. No es paranoia , dice, es precaución.

Hibernar

El invierno me inactiva. Como a las tortugas. Si pudiera hibernar como ellas, lo haría aunque fuese sólo por un par de semanas. A veces, escribir es como hibernar. Uno se mantiene en status quo mientras llena la página de palabras, sin comer, sin moverse a excepción de la mano que sostiene la pluma, hasta que llega la noche sin apenas darte cuenta. El mundo se mueve y le pasan cosas mientras escribo. Por eso a veces dejo de hacerlo, por temor a que cuando termine, el mundo haya acabado allá afuera.

Constante

Un gato en la ventana. No es la Kitty, no es la Mimí. Otros tiempos, otros gatos, pero ella sigue siendo la misma.

El cuarto

Cuando iba de visita a la casa que fue de la abuela, ocupaba la habitación al final del pasillo. Había libros inútiles por todas partes y el polvo en las sábanas picaba la piel.

Noche oscura

Como quiera que nos comportáramos en su presencia, Berta nunca había perdido la sonrisa hasta esa noche. La ciudad aún brillaba allá arriba, pero por razones distintas. Teníamos la esperanza de que con las luces apagadas nadie notase que había habitantes en nuestra casa.

El vestido rojo.

Se sentaba desmañada al sol en la tumbona, enfundada en el vestido rojo que la agraciaba de joven y que ahora no le hace ningún favor, frente a la vieja casa familiar que no resiste más remache y se cae a pedazos, para ver pasar a los escasos peregrinos en la carretera.

Y el día llegó

El 21 de abril, como lo había publicado en un post anterior, fue la presentación de mi libro “La Pena y otras historias de redención”. Fue una tarde memorable donde los nervios se apaciguaron poco a poco en gran parte por la acogida y el acompañamiento de Marcelo Novoa de Editorial Puerto de Escape y Marisol Utreras.

Comparto con ustedes el audio de la presentación y algunas fotografías.

Audio

No estoy enamorada

No es una idea profunda y romántica. Es sólo que cuando veo a su hijo, el mayor, se me revuelven las hormonas. Serán sus piernas arqueadas tal vez, o su cabello negro con patillas entrecanas o el hecho de que conduce una moto y cuando entra en “Mermedo” a comprar el pan, lleva el casco colgando del brazo. El asunto es que me gusta su hijo, el de la cara porfiada y aire de macho. Pero, por favor, no piense mal; no estoy enamorada de él.

¿Será así?

Cuando yo sea viejita ¿calzaré zapatones de cordones y me pondré medias pantys gruesas en plena primavera? ¿y me quedaré dormida en el sillón leyendo el diario que luego mis sobrinos retirarán con sigilo de sobre mis faldas sin que me entere?