La tormenta

 

Es un día extraño. La electricidad eriza la piel. Después de tres horas y media de una noche en que el cielo se ha rasgado en relámpagos, vamos a enterrar a la esposa del diácono.

Inconsciencia

 

Me acuerdo de Tanya que tenía ojos achinados y le faltaban algunas chauchas para el peso. Sus dedos eran cortos, cilíndricos, gruesos. Con ella me lancé calle abajo atravesando la avenida Viña del Mar en el asiento trasero de su bicicleta sin saber qué tanto arriesgaba la vida.

Navidad

En Navidad y, en especial, en el Año Nuevo, cuando era chica, había que lavar las ventanas, encerar los pisos y lavar las copas. Todas las copas. Era un trabajo de locos. El piso era de parqué y había que esperar a que la cera se secase para pasar la aspiradora.

Por eso, cuando siento olor a cera, en especial si se confunde con el olor de la cocina encendida, pienso en Navidad.

Cariño

El balde huele mal, pero no puede hacerse de otro. Huele a rancio. Demasiado tiempo lavando en él las mantas de su creatura, herencia de su madre y de su abuela. Tenía 120 años y la inteligencia de un crío de 4. Decía palabras como “no”, “sí”, “mamá”, “te quiero”, “Poly quiere comer” y la miraba con aquellos ojos que esperaban todo de ella.

El reloj

Usaba un reloj a cuerda que pidió para su cumpleaños. A veces olvidaba darle vueltas a la manillita y debía ponerlo a la hora según la posición del sol y luego esperar el paso de algún peregrino para comprobar que estaba en lo correcto.

No estoy enamorada

No es una idea profunda y romántica. Es sólo que cuando veo a su hijo, el mayor, se me revuelven las hormonas. Serán sus piernas arqueadas tal vez, o su cabello negro con patillas entrecanas o el hecho de que conduce una moto y cuando entra en “Mermedo” a comprar el pan, lleva el casco colgando del brazo. El asunto es que me gusta su hijo, el de la cara porfiada y aire de macho. Pero, por favor, no piense mal; no estoy enamorada de él.

¿Será así?

Cuando yo sea viejita ¿calzaré zapatones de cordones y me pondré medias pantys gruesas en plena primavera? ¿y me quedaré dormida en el sillón leyendo el diario que luego mis sobrinos retirarán con sigilo de sobre mis faldas sin que me entere?

Ceguera

Estaba segura de que, a pesar de tenerla frente a frente, su amiga no vería en ella, a través de la niebla de sus cataratas, los ojos humedecidos por la pena.

Bichos

La primera vez que vio un bicho, no supo que lo era hasta meses después cuando alguien se lo explicó. Parecía una criatura sacada de esas antiguas películas de ciencia ficción que pasaban en la televisión abierta cuando ella era una niña; medía casi el alto de la puerta del salón, tenía ojos saltones y ampollas del tamaño de una naranja repartidas por todo el cuerpo. Desde entonces los ha visto con cuernos enroscados hacia atrás de la cabeza, con alas, con cuerpo negro como el petróleo o amorfo semejante al de un pulpo.

Escribir es egoísta

Entre alimentar las mascotas, cocinar y limpiar la cocina, queda poco tiempo para sentarse a escribir tres horas al día. El escribir es un oficio egoísta. Virginia Woolf decía que era necesario hacerse de la pensión heredada de una difunta tía y un cuarto propio.

La casa

La casa de la tía de Sybella no asusta porque ocurran allí cosas extrañas tales como sillas que se corren o lámparas que se caen, sino porque hubo un tiempo en que sus habitaciones se llenaban de voces, carreras infantiles, del repiqueteo de vasos en las reuniones de familia y hoy día se respira soledad.