La tormenta

 

Es un día extraño. La electricidad eriza la piel. Después de tres horas y media de una noche en que el cielo se ha rasgado en relámpagos, vamos a enterrar a la esposa del diácono.

Precaución

Doquiera se moviera en la ciudad su cabeza planeaba la fuga a las alturas; prestaba atención a la estructura del edificio de turno y a las puertas de salida con que contaba; sacaba la cuenta de los minutos que demoraría en alcanzar la cumbre del cerro más cercano. No admitirá que siente pánico de bajar al plan, al lado de la bahía, porque puede ocurrir un maremoto. No es paranoia , dice, es precaución.

Hibernar

El invierno me inactiva. Como a las tortugas. Si pudiera hibernar como ellas, lo haría aunque fuese sólo por un par de semanas. A veces, escribir es como hibernar. Uno se mantiene en status quo mientras llena la página de palabras, sin comer, sin moverse a excepción de la mano que sostiene la pluma, hasta que llega la noche sin apenas darte cuenta. El mundo se mueve y le pasan cosas mientras escribo. Por eso a veces dejo de hacerlo, por temor a que cuando termine, el mundo haya acabado allá afuera.

El mapa

Dibuja un mapa del barrio en sus sueños que es diferente al real, las calles son más curvas, el mar está más cerca; la carretera, a los pies del cerro, corre en dirección contraria como en un espejo, y más arriba del cerro no hay nada más que una huella y es peligroso porque puedes perderte allí sin saber cómo volver, pasar noches a la intemperie, al frío y al viento sin tener otra cosa con qué cubrirte más que un montón de hojas secas de otoño hasta que logras dar con el camino de vuelta y regresar a la civilización.

Constante

Un gato en la ventana. No es la Kitty, no es la Mimí. Otros tiempos, otros gatos, pero ella sigue siendo la misma.

El cuarto

Cuando iba de visita a la casa que fue de la abuela, ocupaba la habitación al final del pasillo. Había libros inútiles por todas partes y el polvo en las sábanas picaba la piel.

Diógenes

Mi papá y yo tenemos el gen de Diógenes. Lucho todos los días contra él. A veces gano, otras caigo en la derrota miserablemente. Yo tengo más éxito que mi papá. Mi hermana echa a la basura todo lo que papá y yo escondemos.

Noche oscura

Como quiera que nos comportáramos en su presencia, Berta nunca había perdido la sonrisa hasta esa noche. La ciudad aún brillaba allá arriba, pero por razones distintas. Teníamos la esperanza de que con las luces apagadas nadie notase que había habitantes en nuestra casa.

Delirio

Veo escenas horribles de hombres atrapados en sectas cuyos miembros quieren arrancarles la piel y pasarlos por fuego. Llego hasta el umbral de la cocina y declaro: “Me siento mal”. Tengo fiebre. ¿Qué otra cosa podría provocar tales visiones sino la fiebre? O quizás se debe a que ya no duermo con la Biblia bajo la palma de mi mano. Hay termitas trabajando en mi muralla. Las escucho. No se han marchado a pesar del esqueleto metálico que le colocamos a mi habitación el verano pasado y el concreto que le echamos encima. Tal vez se quedan por mí.

extravío

A veces hace preguntas raras. Ella aún le tiene paciencia suficiente para contestárselas. La ve atascarse en las palabras, buscarlas en algún punto en el espacio por sobre su cabeza, tratando de explicar aquello que la atormenta por dentro.

mar

Sube al bus y se instala en la ventana, siempre al lado de la ventana, para mirar el mar que ha visto millones de veces desde que nació y aún atrapa su mirada, sea gris, azul o brillante verde, turquesa o calipso o rojo aún como durante los arreboles de otoño que incendian el cielo.

Perseverancia

Y entonces llora porque no lo aguanta. Llora porque queda al descubierto de los demás y no sabe cómo protegerse. Y por eso a veces quisiera morir, aunque otras no, sólo disfrutar lo que le queda e intentarlo de nuevo.

El vestido rojo.

Se sentaba desmañada al sol en la tumbona, enfundada en el vestido rojo que la agraciaba de joven y que ahora no le hace ningún favor, frente a la vieja casa familiar que no resiste más remache y se cae a pedazos, para ver pasar a los escasos peregrinos en la carretera.

Y el día llegó

El 21 de abril, como lo había publicado en un post anterior, fue la presentación de mi libro “La Pena y otras historias de redención”. Fue una tarde memorable donde los nervios se apaciguaron poco a poco en gran parte por la acogida y el acompañamiento de Marcelo Novoa de Editorial Puerto de Escape y Marisol Utreras.

Comparto con ustedes el audio de la presentación y algunas fotografías.

Audio

¿Será así?

Cuando yo sea viejita ¿calzaré zapatones de cordones y me pondré medias pantys gruesas en plena primavera? ¿y me quedaré dormida en el sillón leyendo el diario que luego mis sobrinos retirarán con sigilo de sobre mis faldas sin que me entere?