Inconsciencia

 

Me acuerdo de Tanya que tenía ojos achinados y le faltaban algunas chauchas para el peso. Sus dedos eran cortos, cilíndricos, gruesos. Con ella me lancé calle abajo atravesando la avenida Viña del Mar en el asiento trasero de su bicicleta sin saber qué tanto arriesgaba la vida.

Navidad

En Navidad y, en especial, en el Año Nuevo, cuando era chica, había que lavar las ventanas, encerar los pisos y lavar las copas. Todas las copas. Era un trabajo de locos. El piso era de parqué y había que esperar a que la cera se secase para pasar la aspiradora.

Por eso, cuando siento olor a cera, en especial si se confunde con el olor de la cocina encendida, pienso en Navidad.

Invierno

Yo no sé de las terribles tormentas de las que habla mi hermana. Para mí los inviernos eran la lluvia cubriendo el patio y los árboles bailando al son del viento; el olor a tierra mojada, el gorro y la bufanda tejidos por la mamá; ella barriendo el agua del porche con las botitas de hule y la escoba de ratén.

Dulces en el cine

Aún tengo recuerdos de cuando íbamos a ver películas en horario de matiné al teatro Metro que nos recibía con su decoración Art Decó, la confitería con los estantes llenos de dulces y su mesón curvo de madera maciza y barnizada, el que yo apenas alcanzaba siendo niña al momento de elegir los confites que mi papá ofrecía comprar. Gajitos de naranja y limón eran mis preferidos y bolitas de frambuesa los de mi hermana. Desde entonces y hasta ahora siempre ha sido un rito entrar a ver una película con algo para distraer la boca.

El pingüino

Nunca se supo si Jacqueline Silva, del segundo grado en la escuela básica del barrio, tenía en realidad un pingüino viviendo en la tina de su baño. Era un secreto a voces dentro del salón de clases a pesar de que jamás nadie lo vio ni ella permitió, de ningún modo, que se le visitara en su casa.

Pensamientos paralelos.

Va camino a Santiago para tomar el vuelo al norte y mientras su hermana le habla sobre hostales en San Pedro de Atacama, ella no puede dejar de pensar en que no quiere que Gisella, su amiga, se muera y que no lo va a aceptar sino hasta que ocurra y tiene que espantar el segundo pensamiento porque sino tendrá que explicarle a su hermana por qué se le han llenado los ojos de lágrimas mientras ella le habla de hoteles, camino a Santiago.

El Bazar

Había un bazar en esa calle, un poco más abajo de lo que entonces era la panadería Recreo. Yo tendría ocho o nueve años y cada vez que me mandaban a comprar el pan, pasaba a ver la muñeca flaca y en traje de baño rojo que el negocio exhibía en su única vitrina. No era Barbie, como las de mis compañeras de colegio, sino apenas un modelo en plástico barato, pero yo deseaba tenerla. Costaba $60. Ahorré mi mesada y un día partí a comprarla. No sé que habrá pensado la dueña, una señora de edad madura. Seguro le causó gracia porque yo apenas me asomaba por el mesón de vidrio mientras pedía mi muñeca y depositaba el dinero ante su vista. <A veces me pregunto dónde quedó toda esa determinación.> En fin, ese hecho, en algún grado, fue mi inspiración para crear el almacén en “un extraño en el pueblo” donde la protagonista, una niña en camino a ser mujer, ansiaba el vestido rojo que Simón tenía en exhibición junto a los estantes de los tomates y de las cacerolas.

La cocina

Eran los libros de cocina de mi mamá. De ellos obtenía recetas de Navidad y Año Nuevo para sorprendernos, siempre dudando del resultado, pidiendo disculpas por adelantado, amargando en algo el sabor a la comida, sólo lo justo y necesario para ponerla a punto. La salsa del pavo nogado del año nuevo 2004 fue suceso inolvidable.