El balde huele mal, pero no puede hacerse de otro. Huele a rancio. Demasiado tiempo lavando en él las mantas de su creatura, herencia de su madre y de su abuela. Tenía 120 años y la inteligencia de un crío de 4. Decía palabras como “no”, “sí”, “mamá”, “te quiero”, “Poly quiere comer” y la miraba con aquellos ojos que esperaban todo de ella.

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